sábado, 20 de febrero de 2010

Vivir del perdón, vivir el perdón

Juan Pablo II perdona a Ali Agca
Hace unos días, publiqué un comentario en el blog de Manuel Mª Bru, en un artículo suyo titulado 'La justicia de Dios'. Aunque sea feo citarse a uno mismo, por comodidad repito aquí mi comentario:
"Ciertamente, la justicia de Dios desarma nuestra rebeldía, y lo digo en clave de eficacia global, es decir, en el sentido de que antes o después todos y cada uno de los hombres habrán de medir las ‘fuerzas’ de esa rebeldía. Porque ahí se juega todo. Es más, pienso que ante la justicia de Dios manifestada en la Cruz, se nos quiere manifestar la esencia misma del Tiempo (pongo mayúscula): ¿Cuándo me convertiré? ¿Cuándo se convertirá el mundo? O, en la formulación dada por Jesús mismo: “Cuando regrese el Hijo del hombre ¿encontrará fe sobre la Tierra?”. Cerrazón a la voluntad de Dios es cerrazón a aquel Acontecimiento cuya fecha fue -es- bien concreta y verdadera en la Historia; es cerrazón al desplegarse en el Tiempo del plan de Dios. ¿Podrá nuestra sociedad arrostrar por sí sola este pulso soberbio?" Pincha en 'Más información' para seguir leyendo...
¿Por qué empiezo con esto? Bien, el presente artículo responde a la petición de un hermano en la fe, Jorge Fernández, quien me solicita, movido por la lectura de un anterior artículo de este blog (Hamartiocentrismo: ¿Aguijón de pesimismo protestante?), que exponga algo acerca del tema del perdón, en su doble dinámica infinitiva 'ser perdonado' y 'perdonar'.
Justicia y perdón, perdón y justicia, son dos realidades inseparables. Y tal justicia apunta a una situación previa de desajuste, de desorden. A esa situación la llamamos 'pecado'. Pero a su vez el pecado, por ser desorden, no se corresponde con la situación primigenia de la Creación, sino que remite a la situación original de justicia. La Creación toda, tal y como salió de las manos de Dios, es manifestación de la justicia divina: Dios, el Justo, plasma su justicia en su obra. Hay muchos modos de abordar esta cuestión, cuya exposición excede mi capacidad y el espacio del que ahora disponemos, siendo un tema tan amplio que es imposible agotarlo. Así pues, para abordarlo, me apoyaré en una afirmación del Catecismo (=CEC):
"El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos" (CEC 976, la negrita es mía).
Como se ve, creer que Dios perdona el pecado del hombre, es algo sólo posible si se da la fe en el Espíritu, en la Iglesia y en la comunión de los santos. Este acto de fe no es prescindible: sin él no es posible estar en comunión con la fe católica. Negarlo es negar la salvación. Ésta, diríase es una tarea del hombre que, con todo, no tiene su origen en él mismo, ya que a ello le precede la iniciativa de Dios. La respuesta libre del hombre se manifestará de un doble modo: creyendo en el perdón de los pecados y perdonando a los demás. Este último acto, es fruto del perdón previo recibido de Dios en el cual se cree, manifestado en el Hijo. Nadie puede perdonar a otro hombre si no se ha sentido perdonado antes. Puede hablarse de 'perdón' pero, sin ello, no será perdón cristiano. Por eso hay tantas personas que se ofenden cuando les pides perdón sinceramente: no creyendo en Dios, no habiendo conocido su perdón, se sienten verdaderamente molestas cuando uno se pone delante de ellas para pedir esa cosa tan extraña: el perdón. Es una acción divina, que sólo el hombre nuevo puede realizar.
Y es que perdonar y saber pedir perdón es mirar hacia la consumación, es una acción escatológica: cuando uno se siente perdonado capta que la eternidad existe y que la ofensa, por grave que sea, no es un absoluto, sino algo relativo a la salvación. Cuando uno perdona -porque se ha sabido perdonado- es algo así como un apóstol de lo eterno: anuncia algo nuevo, anuncia y contempla la resurrección, y "mirar hacia la resurrección significa mirar hacia la consumación" (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, p. 137). Y ante todo esto sólo caben dos alternativas: la aceptación o el rechazo. Cuando el cristiano perdona o cuando pide perdón, está realizando una acción litúrgica. Esto puede afirmarse con toda justicia. Desde el momento fontal del Bautismo, la vida humana queda trasfigurada, y toda su existencia es leitourgia. Como señala de nuevo el Catecismo en su número 1070:
"La palabra 'Liturgia' en el Nuevo Testamento es empleada para designar no solamente la celebración del culto divino sino también el anuncio del Evangelio y la caridad en acto. En todas estas ocasiones se trata del servicio de Dios y de los hombres".
Llevado al tema que nos atañe, el perdón como tarea del cristiano, y que brota del primer perdón de Dios, bien puede destacar por ser un particular anuncio del Evangelio, un acto de caridad, un servicio a Dios y a los hombres. Obsérvese: el perdón es acto de caridad no sólo cuando hay alguien a quien debo perdonar por el motivo que sea -me lo pida o no me lo pida-; el perdón es un acto de caridad también cuando nos toca a nosotros pedirlo -independientemente de que la otra parte nos lo conceda o no-. Así que eso de 'mientras no me pida perdón no se lo daré' o eso otro de 'para qué pedirlo, si ya sé que no me va a perdonar', son dos posturas que no son cristianas. Y no lo son por la sencilla razón de que no están configuradas según la auténtica medida del perdón: la Cruz gloriosa de Cristo. Y es que, volviendo al principio de este artículo, en el perdón, que es tarea de la fe, nos lo jugamos todo: en definitiva es creer o no creer en la Cruz y en lo que allí sucedió y sucede místicamente todos los días sobre el altar de la Santa Misa.

2 comentarios:

  1. Dedicado a Jorge Fernández Regidor, como deuda que tengo con él por ser su padrino de Confirmación.

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  2. PUBLICO UN CORREO QUE ME ENVÍA JORGE:
    Hola Álvaro, perdón que no haya podido leer antes el artículo, ya que ha pasado el fin de semana. Como no logro publicar el comentario en el blog he decidido escribirte por correo. Bueno, lo primero no tienes que sentirte con ninguna deuda como mi padrino, ya que yo doy gracias a Dios por tenerte como padrino mío y de mi hijo. Ciertamente has dado de lleno con lo que quería transmitirte del perdón; de hecho según iba avanzando en la lectura me he emocionado y he tenido que respirar un par de veces para controrar las lágrimas. Muchas gracias por dedicarle tiempo a mi petición, ya que yo no hubiese sabido explesarlo tan bien. Y por último y no menos importante darte las gracias por dedicarme este artículo, de verdad que te lo agradezco. La paz del Señor este contigo.

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