jueves, 4 de febrero de 2010

El Domingo: primer, tercer y octavo día (y 2)


Si no habéis leído la primera parte de este artículo, que era una suerte de introducción al tema, podéis pinchar en el título de esta segunda parte y enlazaréis directamente allí. Decíamos allí que una comprensión teológica adecuada del Domingo lo presenta como primer, tercer y octavo día. Aunque parezca extraño a muchos, esta comprensión es muy hermosa, y muestra una concepción del tiempo verdaderamente original. Empezaremos, aunque cambiando el orden del título, por el Domingo como tercer día.
* El Domingo como tercer día. Ese 'día tercero' al que se había referido Jesús tantas veces cuando anunció su Pasión a los doce es el día después del Sabbath que Él mismo, con su resurrección, iba a hacer suyo: Dominica dies=Domingo. Es el día del signo de Jonás (Mt 12, 38-42) cuya sola idea implicaba dos días previos  de sufrimiento en los que la fe no iba a ser tan fácil y cuya sola mención niguno de los discípulos podía soportar, como se sabe por boca del mismo Pedro (Mt 16, 21-23). En la cita de Mateo que acabamos de mencionar, y que corresponde al primer anuncio de la Pasión, Jesús señala claramente que él, después de todo, iba a "resucitar al tercer día" (Mt 16, 21). Pedro, sin embargo, se revela ante lo que tenía que suceder justo antes ("ir a Jerusalén y sufrir mucho [...], y ser matado", ibid.): ¿es que no había escuchado en qué acabaría todo? Pero este tercer día señala una conexión fundamental con la Pasión, y nos conduce a una conclusión clara: el Crucificado es el Resucitado. La resurrección es algo que principalmente le sucede a Jesús, y no es fruto de ningún esfuerzo de fe o del ánimo de la comunidad de discípulos. Ellos, tras la muerte de Jesús, más bien estaban muertos de miedo (Lc 24, 37), tristes (Lc 24, 18), escépticos, incrédulos, duros de corazón (Mc 16, 14), dubitativos (Mt 28, 17). De modo que eso de que la resurrección es producto de la comunidad pospascual, no tiene sentido, aunque algunos hayan pretendido hacer pasar esto por algo piadoso, como Loisy cuando afirma: "Quien resucitó a Jesús para los que habían creído en él fue el trabajo íntimo de la fe" (A. Loisy, Los orígenes del cristianismo). Por otra parte, la comprensión del domingo como ese tercer día después de la Cruz y del Sábado nos obliga a contemplar dicho triduo como un todo, y a afirmar, por tanto, que tan Pascua es el Viernes Santo como el Domingo de Resurrección. No se trata de una gradación según la cual sólo es Pascua el Domingo: todo el Triduo Santo es Pascua; lo que fuerza a reconocer nuestra limitada concepción del tiempo humano, que considera las horas y los días como desligados unos de otros, o como una mera sucesión de instantes y momentos.
* El Domingo como primer día. El pensamiento común, 'findesemanista', de una sociedad secularizada, sólo piensa en cómo acabar la semana olvidando los problemas y pesadas cargas de los días anteriores. La semana pagana de hoy se compone de cinco o seis días de trabajo en jornadas insufribles que desembocan en dos días -sábado y domingo- en los que la gente suele explotar y, como si se tratara de descorchar una botella de champán que se ha estado agitando demasiado tiempo, unos aprovechan para trasnochar y olvidar, otros para dormir, otros para ir asistir a la 'liturgia' de esas nuevas catedrales modernas, los centros comerciales. La misma institución familiar no queda inmune a esta forma de pensar, y a muchos se les hace imposible la convivencia entre padres e hijos, acostumbrados como están a no parar por casa nada más que para dormir tras la jornada laboral. Sabido es que los divorcios aumentan precisamente en períodos vacacionales, en los que el tiempo compartido aumenta el roce y la discordia. Es paradójico. Si antes la pregunta por la trascendencia se situaba a instancias de la pregunta sobre la vida tras la muerte, el hombre de hoy la máxima cuestión metafísica que alcanza a formular es la de si hay vida después del trabajo... La pena es que esta 'mentalidad de fin de semana' ha calado también entre los cristianos, cuando para nosotros el inicio del tiempo es, precisamente, el Domingo. No es el último día de la semana, sino el primero. Esto se ve claramente en idiomas como el portugués, donde el lunes se llama 'feria segunda', el martes 'feria tercera', el miércoles 'feria cuarta', etcétera. Esta forma de referirse a los días de la semana como 'ferias' viene del latín tardío cristiano, y permanece hoy en la forma eclesiástica, donde, por ejemplo, es sabido que la feria cuarta -miércoles- el Papa imparte siempre una catequesis. Se trata de la impronta cultural del cristianismo en la forma de concebir el tiempo humano. Sin embargo, como tantas veces le escucho insistir a Manuel González, los calendarios litúrgicos aún caen en el error de señalar el inicio de la semana con el lunes, colocando al Domingo en último lugar, cuando en realidad es el primer día de la semana.
La base escriturística es clara, después del Sabbath judío, con el que concluye la semana, viene 'el primer día' de la misma, día en el que resucitó Cristo: "El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro" (Jn 20, 1). Ese día, a partir de entonces, se convierte en el "Día del Señor", el domingo cristiano. Así lo atestigua de nuevo Juan al decir que la visión en éxtasis del Apocalipsis sucedió el día del Señor (Ap 1, 10: "Caí en éxtasis el día del Señor [...]). De modo que es la resurrección la que provoca el paso del sábado judío al domingo cristiano, día por excelencia de la Pascua semanal, día del Señor y por ello también día de los que llevan su nombre, día de la Iglesia. Si el sábado judío es memoria de la Creación del mundo, el domingo lo es de de una nueva creación por la resurrección de Cristo, donde la expresión "día primero" da cuenta de un nuevo comienzo para todo el Cosmos. Los Padres supieron recoger esta nomenclatura escriturística para explicar su significado: "En este día del Señor han comenzado las primicias de la creación del mundo; y el mismo día Él ha dado al mundo las primicias de la Resurrección" (pseudo-Eusebio de Alejandría, PG 86, 416). Fijémonos en la expresión han comenzado las primicias, muy importante, puesto que a partir de ahí toda la creación se dirije a su punto Omega. La Pascua es así recapitulación de todo en Cristo e inicio de la nueva creación. Así dice Pablo: "Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios" (Rm 8, 19). El cristiano comienza la semana el Domingo con las primicias de la Pascua celebradas y recibidas en el altar eucarístico.
* El Domigo como día octavo hace referencia al día séptimo que es el sábado del Antiguo Testamento, en el que se manifiesta el decanso de Dios en la Creación (Ex 20, 11), así como la esclavitud del pueblo judío en Egipto (Ex 31, 15). El número ocho expresa aquí 'un salirse del tiempo' que se proyecta hacia la eternidad de la Gloria futura y que anticipa la Parousía del Señor. El testimonio patrístico es también unánime en esta nomenclatura, que no es moderna. La Epístola de Bernabé dice así: "Justamente nosotros celebramos también el día octavo con regocijo, por ser el día en que Jesús resucitó de entre los muertos" (Ep. 15, 9). Día octavo lo llaman también Justino, Tertuliano Cipriano, Basilio Magno y Agustín. El Domingo como día octavo significa la plenitud del tiempo, la eternidad, el día que no acaba porque no tiene ocaso. Aquí enlazan,como dice Agustín, el Sabbath y el Domingo. El Sábado día séptimo no acaba en una tarde, sino en nuestro Domingo, que no puede acabar, consagrado como está por la Resurrección de Cristo (cf. De Civitate Dei, 1. 22, c. 30; en PL 41 803-804).
Respecto al número 8, esta es una cifra que, en la gematría tiene un significado especial. Gematría es la ciencia tradicional que tiene por objeto interpretar simbólicamente las palabras a partir del valor numérico de las letras que la componen. Esto, claro, sólo es posible en las lenguas cuyas letras poseen además un valor numérico, como en las semíticas o el griego o el latín. Pues bien, en esto vamos a seguir las explicaciones del clásico libro de Jean Hani, El simbolismo del templo cristiano. Explica Hani que el nombre de Jesús en griego da como resultado 888, símbolo de plenitud y perfección: Ιησούς; donde la Ι=10; la η=8; la σ=200; la ο=70; la ύ=400; y la ς=200. La suma de cada letra da 888 (aunque hemos escrito en minúsculas, el valor es el de cada una de las ltras en mayúscula). Sin meternos ahora en el complejo tema de la simbología sagrada, baste decir que el 8 ha sido siempre la cifra de Cristo. De ahí que las pilas bautismales antiguas tengan forma de octógono, en referencia a Jesús y al Domingo: con el Bautismo se inserta el ser humano en el Misterio de Cristo, nace la nueva criatura del agua y del espíritu Santo, cuya existencia, a partir de entonces, contará sus días como una flecha que apunta a la plenitud escatológica en comunión con Cristo.

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